jueves, 26 de noviembre de 2009

Proyecto venezolano es galardonado con el premio de la Fundación Alstom



Caracas, 12 Nov. ABN.- El
comunidades de la zona, afectadas por los mismos problemas de salud pública.



El proyecto para la creación de un centro piloto para la educación en ambiente salud y desarrollo sustentable en las comunidades Warao, desarrollado por el Instituto de Biomedicina bajo la conducción del Dr. Jacinto Convit, fue galardonado por la Fundación Alstom.

El la primera vez que una propuesta venezolana recibe la distinción, que además viene acompañada de un aporte de 50 mil euros (75 mil dólares), que se suman a los 250 mil bolívares aportados por Alstom a Venezuela a través de la Ley Orgánica de Ciencia Tecnología e Innovación, para hacer posible su implementación.

La ceremonia de entrega de los Alstom Foundation Awards 2009 se llevó a a cabo en París el pasado 2 de Noviembre de 2009, en la Ciudad de la Arquitectura y el Patrimonio, que tiene su sede en el Palacio de Chaillot de Trocadero, en las adyacencias de la Torre Eiffel.

La presidenta de la Fundación Alstom, Dominique Jaoul, vendrá a Venezuela a entregar personalmente los respectivos aportes de la Fundación al Dr. Jacinto Convit, en el marco de un homenaje a esta distinguida figura de la salud pública venezolana, que se efectuará este viernes y contará con la presencia de los embajadores de Francia y Venezuela, además de distinguidas personalidades del ámbito científico, académico, político, diplomático y empresarial.

Con este galardón, se pondrá en marcha el proyecto que complementa el esfuerzo que durante dos años ha mantenido el Instituto de Biomedicina por el control de enfermedades endémicas en la región.

En esta oportunidad se desarrollará un programa de educación que, a través del control de problemas ambientales, aspira reducir la presencia de enfermedades endémicas que tienen una estrecha relación con la acumulación de desechos sólidos, la contaminación del agua y la degradación de los ecosistemas.

La meta es contribuir para mejorar la calidad de vida y reducir las altas tasas de mortalidad que se presentan en la remota región, especialmente en la población infantil.

Esta iniciativa representa un fruto tangible de la cooperación científica y técnica entre Francia y Venezuela e involucra múltiples aspectos dentro de la visión del desarrollo sustentable, pues abarca temas de salud, ambiente y desarrollo social.

El proyecto suma las experiencias del Instituto de Biomedicina, la Fundación para el Desarrollo Sustentable Aguas Vivas, la Asociación para la Investigación Dermatológica, así como importantes aliados internacionales como la Cruz Roja y la Office National de Forets de Francia, a través de su oficina regional en Guadalupe.

El plan implica la construcción de un Centro de Capacitación, totalmente compatible con el medio ambiente y con las características culturales del pueblo Warao, que se desarrollará a partir de una estructura existente en la comunidad de Jejekubaka, que originalmente fue construida por el Instituto de Biomedicina para la recolección de agua de lluvia, a fin de evitar el consumo del agua de río y con ello las enfermedades diarréicas que afectan a la población local.

La segunda etapa contempla el desarrollo de un programa de formación continua en materia ambiental y sanitaria, en el cual se realizará un programa de formación, orientado a capacitar a representantes de las comunidades indígenas en materia ambiental, quienes a su vez se convertirán luego en multiplicadores locales.

Dentro del programa se aplicarán metodologías de educación ambiental diseñadas por la Office National de Forets que han sido probadas con éxito en Guadalupe y Guyana Francesa, y serán adaptadas a la cultura y la lengua Warao.

Uno de los elementos novedosos de este proyecto es la adaptación de todo el contenido informativo a un formato audiovisual, multimedia e interactivo, a fin de minimizar el consumo de papel y aplicar herramientas de innovación tecnológica en estos entornos.

Cada año, la Fundación ALSTOM reparte 1 millón de euros para apoyar proyectos que son seleccionados por un exigente jurado.

Todas las propuestas, deben cumplir con numerosos requisitos, entre ellos, estar basados en necesidades ambientales prioritarias para la región, contar con la participación de los actores locales e impulsar la protección del ambiente con una visión de desarrollo sustentable.

En esta oportunidad, 14 proyectos fueron seleccionados en septiembre de 2009, dentro de una lista de 70 propuestas pre-seleccionadas de todos los países en los que la empresa tiene operaciones.

Se estima que la primera fase beneficie a una población de unos 1000 habitantes, incluyendo las comunidades de Jejekubak, San Francisco de Guayo y sus caseríos periféricos.

Sin embargo, a mediano plazo, el Instituto de Biomedicina tiene previsto continuar este proyecto y ampliar su radio de acción a otras comunidades de la zona, afectadas por los mismos problemas de salud pública.

Jacinto Convit donó su premio a la Excelencia Científica para creación de Centro contra el Cáncer


El destacado médico científico venezolano Jacinto Convit, recibió el Premio a la Excelencia Científica otorgado por el Concejo del Municipio Libertador a través de la Comisión de Finanzas, Economía, Ciencia y Tecnología que preside el concejal Fernando García.

El evento tuvo lugar en el auditorio del Instituto de Biomedicina, ubicado en un anexo del Hospital Vargas, en San José.

La entrega del premio que consistió en 521 Unidades Tributarias (Bs.F. 23.966 estuvo a cargo de Daysi Darias, Coordinadora Ejecutiva de la Comisión en compañía de Octavio Zapata y Carlos León, del equipo organizador.

Luego de expresar su agradecimiento por el galardón, Jacinto Convit anunció su decisión de donarlo para la creación de un Centro de Inmunoterapia contra el cáncer, proyecto en el cual viene trabajando hace tres años.

El ilustre científico, que actualmente se desempeña como director de Instituto de Biomedicina, expresó que continúa con los estudios e investigaciones profundas para la elaboración de la vacuna que conlleve al ataque de la Lepra y la Leishmaniasis, y su cura definitiva.

Jacinto Convit, nacido en la parroquia La Pastora hace 96 años, ha dedicado toda su vida a la investigación científica, es reconocido mundialmente por ser el creador de una vacuna para la cura de una de las enfermedades más terribles de la humanidad, como es la Lepra e igualmente contra la Leishmaniasis, por ello en 1988 fue postulado al Premio Nobel de Medicina.

El Premio a la Excelencia Científica, forma parte del Premio Municipal de Ciencia, Tecnología e Innovación, Dr. Humberto Fernández Morán, en su primera edición, el cual fue creado este año por la municipalidad con el objetivo de reconocer e incentivar la labor y trayectoria científica; el ingenio de las personas; la divulgación, entre otros aspectos que contribuyan con el desarrollo nacional y la calidad de vida.

La distinción otorgada al doctor Convit, es un reconocimiento para los más destacados científicos del país que al igual que el Dr. Fernández Morán enaltecen el gentilicio nacional, porque han legado a la humanidad no sólo su potencial científico e innovador, sino sus obras y descubrimientos.



Y.P.

sábado, 31 de mayo de 2008

Jacinto Convit


EL UNIVERSAL


La mirada límpida de sus ojos azules dice que a los 96 años Jacinto Convit conserva intactas sus facultades, su pasión por el conocimiento y la sabiduría del científico cuya razón de ser es servir al hombre. Hijo de inmigrante catalán y de venezolana de origen canario, aventajado estudiante del Liceo Caracas en la segunda década del siglo pasado, la invitación del doctor Martín Vegas para que visitara la leprosería de Cabo Blanco, en el litoral, antes de su graduación, en 1938, ataría su destino, como médico residente, a la vieja casona y a la curación de la bíblica enfermedad.

Durante siete años Convit convivió con los leprosos, doblemente condenados a la segregación total y la hospitalización compulsiva, además de las secuelas de una enfermedad que para entonces no tenía cura. De ese tiempo guarda dos recuerdos imborrables. Uno es el de un campesino, atado con cadenas, que le entregó la policía, por ser portador del mal. El otro el rostro de estupefacción de un hombre, con varios años de reclusión cuando descubrió que se encontraba sano y podía volver a la libertad.


Pero la compasión del joven galeno era activa y fue así como organizó un grupo de ocho médicos, seis venezolanos y dos italianos, con quienes se dio a la tarea de encontrar una cura para la enfermedad. Lo primero fue tratar de potenciar el aceite de Chaulmoogra, el único remedio para la época, proveniente de un árbol asiático, con magros resultados, pero luego de varios años de investigación lograron determinar que un compuesto de Sulfota y Clofazimina tenían suficiente efectividad para remitir el mal. La primera consecuencia del descubrimiento fue la eliminación del aislamiento compulsivo y por tanto de las leproserías. Así, Venezuela se convirtió en el primer país del mundo en cerrar ese tipo de establecimientos.


En 1947, luego de 10 años de amores, se casó con una joven de origen italiano, Rafaela Marotta, del matrimonio nacieron cuatro hijos: Francisco, Oscar, Antonio y Rafael, los dos últimos gemelos y médicos como su padre. En los años 60, presentó en Londres, durante una reunión de la OMS (Organización Mundial de la Salud), un informe sobre los resultados de sus investigaciones que se incorporó a un trabajo, Therapy of Leprosy, del cual fue coautor, junto con un grupo de especialistas de todo el mundo, que sirvieron de base para el programa de Poliquimioterapia, difundido por la OMS en los países endémicos.


Pero la gran obra de Convit y su equipo fue el desarrollo de dos modelos de vacunación para el control de la lepra y la leishmaniasis. En el segundo de los casos resultó tan eficaz que logra el 95% de curaciones sin efectos secundarios. Gracias al aporte de la investigadora norteamericana Elenora Stors, quien descubrió la lepra en un tipo de armadillo (cachicamo) en EEUU, Convit inoculó el bacilo de la lepra en estos animales y obtuvo el Micro Bacterium Leprae, que mezclado con la BCG (vacuna de la tuberculosis), produjo la vacuna.


En 1988 su descubrimiento le valió una nominación para el premio Nobel de Medicina. Un año antes fue distinguido con el Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica, entre muchos otros reconocimientos recibidos a lo largo de una carrera de casi 70 años. Y allí, en su laboratorio del Instituto de Biomedicina, continúa su infatigable labor, convencido de que aún y no obstante su avanzada edad, tiene mucho que ofrecerle a la humanidad.

domingo, 19 de agosto de 2007

Los Secretos del Volcán

Foto Orlando Ugueto
El documental "Los Secretos del Volcán" está orientado a la investigación científica y a la docencia sobre la influencia de los factores ambientales sobre un grupo de enfermedades crónicas endémicas (Lepra, Leishmaniasis y Tuberculosis) en Centro América y Venezuela.

domingo, 29 de julio de 2007

MI QUERIDA VENEZUELA





Te escribo con el objeto de rendirte cuentas sobre la utilización de gran parte de mi tiempo como médico, a partir del mes de octubre de 1938, fecha en la que obtuve el grado de doctor en Ciencias Médicas en la Universidad Central de Venezuela.

Ingresé en la misma fecha de mi graduación a la Leprosería de Cabo Blanco como residente y esto representó un hito en mi vida profesional, la que te dediqué con especial entrega desde su inicio.Las condiciones en las que se encontraba dicha leprosería eran lamentables: estaba concebida para realizar el aislamiento compulsorio de enfermos provenientes de toda tu geografía, ya que no se disponía de un medicamento efectivo para el tratamiento de la lepra, contándose únicamente con el aceite de Chaulmoogra, de muy dudosa eficacia.

El primer esfuerzo que se hizo para cambiar esa grave situación fue organizar un equipo de investigación para establecer como actividad fundamental encontrar un medicamento eficaz. Mi entusiasmo para ofrecer bienestar a tus hijos fue compartido por otros compañeros. Este equipo humano estuvo formado por ocho estudiantes de medicina de la Universidad Central de Venezuela, entre quienes permanecieron al graduarse los doctores Pedro Lapente y José de Jesús Arvelo, añadiéndose posteriormente al grupo los doctores Enrico Rassi y Zino Castellazzi, de origen italiano, y años después la doctora Nacarid Aranzazu. La búsqueda de medicamentos eficaces para el tratamiento fue larga y difícil, necesitándose como unidades de apoyo dos laboratorios: clínico y farmacéutico, lo que se resolvió con el ingreso de la doctora Elena Blumenfeld, médica, y el doctor Antonio Wasilkouski, farmacéutico, ambos de origen polaco. Siempre hemos contado con persnas de otras latitudes que también han querido brindarte su amor.

Después de algunos años de investigación, logramos determinar que un derivado de un compuesto (Sulfota), Diamino-Di-fenil-Sulfona (DDS) y la Clofazimina, tenían suficiente efectividad para curar la enfermedad. Esto tuvo una feliz consecuencia: eliminar el aislamiento compulsivo y por tanto, las leproserías donde éste se realizaba.

Tú, mi Venezuela, fuiste la primera de las naciones en el mundo en mostrar que la dignidad del ser humano enfermo de lepra debe ser preservada.

En los años subsiguientes, en la década de los sesenta, llevé a una reunión convocada por la Organización Mundial de la Salud en Londres, junto a investigadores de otros países que trabajaron en un proyecto similar al nuestro, los resultados de nuestra experiencia. Se preparó un trabajo científico publicado en el boletín de esa Organización (Bull. Org. Mond. Sant, 42:667-672,1970) denominado: Therapy of Leprosy, realizado por Convit, J., Browne S.G., Languillon, J., Pettit, J.H.S., Ramanujam, K., Sagher, E, Sheskin, J., Des Souza Lima, L., Tarabini, G., Tolentino, !, Waters, M.F.R., Bechelli, L.M. y Martínez Domínguez, V.

Los avances señalados sirvieron de base para el programa de Poliquimioterapia de la Lepra, difundido por la OMS en todos los países endémicos, suministrándose sin costo alguno los medicamentos para tratar a todos los enfermos existentes.

Este programa funciona actualmente.

El objetivo más satisfactorio del esfuerzo realizado fue la eliminación de las leproserías, pasando el enfermo, de esta forma, a ser tratado en servicios de campo creados para dichas actividades.

En este aspecto deseo informarte la importancia que tienen estas actividades de campo, donde el enfermo es curado de su afección sin detener las actividades como ciudadano. Y el orgullo que sentimos en lograrlo.

Aprovecho esta oportunidad para mencionar a Alirio Lomelli, extraordinario médico cuya vocación hacia ti le permitió lograr en Trujülo, su estado natal, la más hermosa cruzada en bien de los enfermos de lepra.

También te ofrezco, Venezuela, 20 años de esfuerzo durante los cuales desarrollamos dos modelos de vacunación comparables, dirigidos al control de la lepra y Leishmaniasis, enfermedades éstas que la sufren buena parte de los pueblos que te habitan. Ambos modelos son efectivos en la inmuno-terapia de dichas afecciones.

Refiriéndose a la Leishmaniasis cutánea, haz de saber que desarrollamos una vacuna que resultó muy eficaz en el tratamiento, lográndose 95% de curaciones sin fenómenos secundarios. Como esta vacuna fue concebida como un instrumento social, será por lo tanto sin costopara el enfermo.De esta manera da sido posible economizar, aun cuando somos beneficiados con tu generosa presencia de recursos, cerca de siete mil millones de bolívares anuales.Lo mejor que tienes son tus hijos, particularmente las nuevas generaciones. De ellas queremos ocuparnos con lo mejor que hemos aprendido: nuestro amor por la ciencia. Tenemos el empeño de acercar la cultura científica a las nuevas generaciones a través de documentales que favorezcan su interés por la vida, por la investigación, la solidaridad con el prójimo, el desarrollo de un espíritu curioso y crítico. Ya venimos ofreciendo dos obras: Ciencia y arte: la cruzada que devolvió los derechos humanos a los enfermos de lepra y Los secretos del volcán. Deseamos que la valoración que se tenga de tus mejores centros de saben tus universidades autónomas, sea una cultura cultivada desde tus escuelas.

Venezuela, te envío un mensaje de aliento para los pueblos que albergas:

Hay mucha gente con un lenguaje depresivo, de que estamos mal. Y creo que, al contrario, tenemos que formar a los jóvenes con la capacidad de superar las situaciones sin importar las dificultades que se encuentren. Debe haber un cambio de actitud: los venezolanos hemos sido por mucho tiempo espectadores y estoy seguro de que esa mentalidad está cambiando, hay un deseo de crecer y cultivar en tu seno mejores condiciones. No podemos seguir teniendo gobiernos que actúan como padres que lo dan todo; eso tiene que ser conscientemente descartado. Los seres humanos aman más el esfuerzo y la producción hecha por ellos mismos. No hay nada más destructivo que vivir del esfuerzo de otros.

Venezuela, tienes un grupo muy distinguido de investigadores científicos, no hay la menor duda de eso. Gente que ha producido cosas importantes. Pero la sociedad civil no ha entendido que el desarrollo de la ciencia condiciona la evolución de los países. Un país que no tenga una ciencia evolucionada será siempre un país de tercera o cuarta categoría. Todas las grandes naciones le dedicaron a la ciencia un esfuerzo gigantesco. Y aún hoy lo hacen. Es deplorable que la ciencia actual, en parte, la han dirigido para destruirnos a nosotros mismos; es decir, parte de esa investigación se realiza para la guerra.

Es ya el tiempo de que todos los que te amamos, así como a nuestro pueblo, hagamos un esfuerzo conjunto para eliminar la pobreza y la falta de una educación esmerada basada en la libertad y autonomía, como seres humanos que deben ser formados para gozar de una solidaridad profunda y de un amor hacia ti y tu naturaleza y por nuestro Dios, a fin de que sea erradicada la violencia reemplazada por un amor sin fronteras, antídoto del odio, de la envidia y de la mezquindad.

Te agradezco el haber sido formado en tu seno y el haber entendido en mi tránsito en la vida asentado en ti, que es el trabajo compartido en equipo, consciente y sostenido, el más fructífero. Ayúdanos a entender para tu mayor esplendor que eso es así.


JACINTO CONVIT
Biografía









jueves, 31 de mayo de 2007

Jacinto Convit: el lado humano de la medicina

Melanny Hernández R.

Al verlo caminar por los pasillos del Instituto de Biomedicina de Caracas y de la Universidad Central de Venezuela (U.C.V.), con su paso lento pero firme, de inmediato se piensa que, ciertamente, “nadie se jubila de una forma de vivir”. Jacinto Convit ha dedicado casi 70 años de su vida a la investigación y al trabajo constante para hacer de la medicina, más que una rama del saber humano, una vía paradignificar la vida de quienes padecen alguna enfermedad.
Las mariposas amarillas de La Pastora
Jacinto Convit García, hijo de Francisco Convit y Martí, inmigrante catalán, y de Flora García Marrero, venezolana, nació en Caracas el 11 de septiembre de 1913, y tiene cuatro hermanos: Miguel Ángel, Reinaldo, René y Rafael.
Sus estudios de secundaria los realizó en el Liceo Andrés Bello, donde tuvo el privilegio de recibir clases del escritor Rómulo Gallegos y de Pedro Arnal. “Gallegos era excelente en matemáticas y filosofía. Muy poca gente sabe esto. Me enseñó una cantidad de cosas y salí bien en su materia. Saqué 20 puntos”, comenta Convit con su hablar ronco y pausado.
De su infancia en la apacible parroquia de La Pastora, en Caracas, Venezuela, al cobijo del cerro El Ávila, atesora dos imágenes. La primera de ellas: la Tía Teté, Enriqueta Callejas, quien vivía con la familia, y que a decir de un Convit que se torna melancólico, “era un ser de esos que forma parte de la historia que pasó y no se volverá a repetir”.
La otra remite a la miles de mariposas que bajaban de la montaña e inundaban las calles con su aleteo amarillo, y con las que se entretenía, especialmente en las vacaciones escolares. “…¡Eso sí era una belleza. Era la vida y punto!. Nosotros las cazábamos con unas mallitas improvisadas. Con los años, leí a García Márquez, ‘Cien años de soledad’ estaba cogiendo fama. Cuando leí lo de las flores amarillas, dije: ¡Hum!, éste como que vi vió en La Pastora!”, como señala. 1
Sus calificaciones, que le hicieron merecer menciones honoríficas en asignaturas como física y anatomía humana, anatomía descriptiva y topográfica, clínica médica y clínica quirúrgica entre otras, delatan su ahínco y dedicación como estudiante. “Estudiábamos mucho, con gran intensidad y había mucho que memorizar. Hubo una época en la que llegué a sentir una especie de cansancio. El número de horas que había que estudiar era grande”, evoca.
Cabo Blanco: la otra universidad
Jamás imaginó Convit que su paso por la leprosería de Cabo Blanco, en el otrora departamento Vargas, cerca de la capital venezolana, sería tan decisivo. Allí asistió en 1937, aun sin haberse graduado, a instancias de Martín Vegas, quien le impartía clases de dermatología en la Facultad de Medicina de la Universidad Central de Venezuela (U.C.V.).
Cabo Blanco, relata Convit, era una inmensa casona, hecha en 1906, en el gobierno de Cipriano Castro, donde se encontraban 1200 pacientes recluidos. “No sé qué era más impresionante si la enfermedad en sí o el rostro de dolor de aquellos seres. La lepra no tenía cura. A la gente la cazaban en la calle. Nadie se preguntaba que pasaría con el alma de aquellas personas, con sus familias. Los hospitalizaban tan sólo por sospechar que padecían la enfermedad. Se tapaban los espejos, como si el reflejo del mal fuese a contaminar hasta las sombras. Era un desastre”.1
Los recursos con los que contaban eran escasos. Además, no existían procedimientos terapéuticos para tratar a las personas que estaban allí, aun en contra de su voluntad; pues por aquellos años la Ley establecía que los enfermos de lepra, (enfermedad de Hansen), debían someterse al aislamientocompulsor. “…los tomaban del interior del país, los metían en un camión y los llevaban a las leproserías... los embarcaban en una goleta llamada “El Cisne” que venía y tardaba como 15 días. Así era la situación de difícil, que yo una noche recibí una persona maniatada con cadenas, lo traían de Oriente en un camión custodiado con gente armada, un pobre hombre que lo único que tenía era que había sido infectado con lepra”, relataba Convit a su colega el Dr. José Luis Ávila Bello, quien escribió una biografía sobre él.2
En 1990, Convit escribía que su permanencia en Cabo Blanco fue enriquecedora en el plano personal y profesional. “Aprendí a cuidar a los pacientes desempeñando labores de médico, juez, odontólogo y consejero, que sirvieron ampliamente para enriquecer mi conocimiento sobre la enfermedad y profundizar sobre el aspecto humano de los enfermos”.2
Cabo Blanco pasó de ser un sitio lúgubre para ser - durante siete años – otra universidad para Convit. Una que le habría de mostrar que la esencia de la medicina más que la ciencia debía ser lo humanista. “ Un médico es un ser que se debe al otro. Humanista no es estudiar literatura, ni latín ni griego, humanista es saber lo que la persona tiene y poderse poner en su lugar. Tener un concepto global.”
Después, en 1938, entró como médico residente a la leprosería. De ese período, recuerda gratamente la especie de cofradía que formó con ochos jóvenes residentes quienes – con más ilusión que malicia –pensaban que la leprosería “era como una cárcel que había que destruir”.
Esa prisión, oprimía a los enfermos no tanto por el cautiverio como por la soledad y el olvido del que eran objeto. “Había gente extraordinaria, pero contagiada. Más que una medicina, a veces necesitaban una conversación. A veces regañaba hasta al cura, porque se le pasaba la mano. Recuerdo que le decía: ellos también son feligreses”.1
Frutos del trabajo tenaz
Quien ha vivido para la ciencia con la intensidad que Convit lo ha hecho, tiene mucho que contar. Afortunadamente, tiene buena memoria. En ocasiones deja fluir la conversación y, rato después, luego de escarbar entre los recovecos de su mente, saca a relucir detalles de preguntas hechas con anterioridad. Sin embargo, pese a los saltos constantes de una época a otra, Convit se mantiene atento a todo cuanto ocurre a su alrededor.
En 1932 ingresó a la escuela de medicina de la Universidad Central de Venezuela (U.C.V.). Cinco años más tarde recibió el título de Bachiller en Filosofía, y enseguida presentó la tesis “Fracturas de la Columna Vertebral” que le hizo merecedor del título de Doctor en Ciencias Médicas en 1838. Luego, el 25 de junio de 1940 se registró en el Libro de Inscripción de los Médicos Residentes en el departamento.Libertador del Distrito Federal (actual estado Vargas) con especialización en medicina interna yenfermedades de la piel.
En aquel tiempo, el tratamiento contra la lepra consistía en el uso del aceite que se extraía de un árbol asiático llamado chamulgra. Con la colaboración de un químico danés de nombre Jorge Jorgesën, refinó el líquido y pudo atender a más pacientes.
Al proseguir con la investigación se toparon con un trabajo de un médico misionero inglés de apellido Miur, que había descubierto un producto compuesto de sulfa y el diamin llamado difenil sulfona (DDS). Entonces, buscaron la forma de conseguir varios kilos de estos componentes; y con la ayuda de un farmaceuta de origen polaco prepararon tabletas que le suministraban a los pacientes, relata el galeno. Al cabo de un año la mejoría era notoria.
“Era una maravilla, porque no había otra cosa. Entonces nos presentamos en el Ministerio de Sanidad. Iniciamos un programa de lucha antileprosa. Fuimos convenciendo a todo el mundo. Comenzó a cambiar el panorama. No tuvimos sino que meter un poco el corazón. Entrenamos a médicos para que se trasladaran a los hospitales rurales. Parecía un milagro, una película bonita”, narra.1
Todo este escenario, alentador sin duda, daba cuenta de que era y es posible humanizar el sufrimiento de la gente, quien, como sostiene Convit, espera que la sociedad en su conjunto actúe. Para reforzar sus ideas, cita al escritor alemán Goethe: “Ser humano es un deber”.
El paso siguiente fue reclutar al equipo con el que trabajaría en los centros asistenciales. Así seestructuró una red formada por estudiantes próximos a graduarse y médicos ya graduados. Algunos de ellos eran extranjeros. “…Les hablaba de la altísima tasa de infección que existía en el país, del riesgo que corríamos. No fue un trabajo difícil reunir varios grupos de muchachos. Quien tuviera dos dedos de frente, sabía que había que hacer algo. Un médico, un hombre de ciencias, no puede quedarseencerrado en cuatro paredes. Tiene que salir a la calle y ver cuáles son las necesidades de la gente.”1
En 1946, Convit es nombrado Médico de los Servicios Antileprosos en Venezuela y junto a su equipo diagnostican 18 mil leprosos en todo el país, tras lo que organizan 24 centros de atención. Ya en 1949 había uno o dos servicios de dermatología sanitaria en cada estado de la nación. Ante tales logros, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) mostró interés y envío a su personal a entrenarse a Venezuela de la mano de Convit, quien insistía en que los pacientes debían ser vistos como portadores de una enfermedad igual a las demás, y, por ende, sentían, sufrían y padecían como cualquier otro enfermo lo hacía.
La inoculación del bacilo de la lepra en armadillos (cachicamos) permitió obtener el Micro Bacterium Leprae de Armadillo que en adición a la BCG (vacuna de la tuberculosis) dio origen a la vacuna contra aquel flagelo. En 1998 la tasa de enfermos de lepra se había reducido a 0.6 casos por cada 10 mil habitantes.
Luego de controlar la Lepra y otras enfermedades endémicas, Convit se plantea el reto de crear un centro de investigaciones científicas. Así, nació el Instituto de Dermatología, que posteriormente se llamó Instituto de Biomedicina de Caracas (IBC), el cual dirige desde 1972, y es desde el 2 de julio de 1973 la sede del Centro Internacional de Investigación y Adiestramiento sobre Lepra y Enfermedades afines de la Organización Panamericana y Mundial de la Salud. Allí, después de mucho esfuerzo conjunto y continuo, surgió la vacuna contra la lepra, que sirvió de base para la vacuna contra la Leishmaniasis.
En el caso de la Leishmaniasis Cutánea Localizada (LCL), la utilización del mismo modelo de vacuna de la lepra permitía inmunizar a los pacientes que mostraban deficiencias en la respuesta específica ante el parásito. En 1987 se publicó un primer trabajo, dónde se comparan a dos grupos de pacientes: unos tratados con tres inyecciones de la vacuna antilepra y otro con 20 inyecciones de antimoniato demeglumina (Glucantime), que era el tratamiento estándar de la enfermedad. Al cabo de 32 semanas, 94% de ambas muestras se habían curado, al tiempo que se observaron efectos secundarios en 5,8% del primer grupo y 52,4% del segundo. De esta forma, la inmunoterapia se presentaba como una herramienta para tratar la LCL a costos y riesgos bajos, por lo que podía aplicarse en servicios asistenciales sin ameritar la supervisión de especialistas.
Más tarde, en 1992, la Organización Mundial de la Salud (O.M.S) y el Banco Mundial efectuaron una reunión internacional de vacunas contra la Leishmaniasis en la población de Sanare, en el occidente de Venezuela. Allí se reunieron expertos en la materia como K. Bahar, David Sacks, Fabio Zicker, Richard Locksley y José Antonio O’Daly (inmunólogo de John Hopkins University, de Estados Unidos, einvestigador del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas) y Convit, por Venezuela. Tras la presentación de las propuestas de todos los investigadores, se concluyó que el protocolo realizado por Convit y su equipo reúne todos los requisitos - en cuanto a diseño, aplicación y desarrollo general - para la posterior evaluación de la vacuna.
No obstante, se sugirió la utilización de test cutáneos de conversión después del suministro de cadadosis de vacuna. También se hizo énfasis en la necesidad de contar con “consentimiento informado” del paciente.
El mayor lauro: la misión cumplida
Si algo llamala atención de quien ha demostrado que posee dotes de gerente, ha sido su desligamiento del ámbito político o administrativo. ¿Por qué no ha aceptado cargos públicos?, surge de inmediato como una interrogante. “Eso depende de la política y yo no he tenido pretensiones de figurar, pese a que tuve varias propuestas…En alguna oportunidad me llevaron a Miraflores porque el presidente quería hablar conmigo y yo fui con gusto a ver el jefe de Estado, pero hasta allí”, aclara.
Obtener renombre parece no ser una de las ambiciones de este científico, quien, quizá inmune a los cuantiosos laureles que ha recibido, asegura que, al final de sus días, quiere ser recordado “como un médico que hizo su esfuerzo”.
En su trayectoria fructífera ha contribuido al surgimiento y desempeño de diversas instituciones y asociaciones relacionadas con la labor médica, tanto dentro como fuera del país. De esta forma, es miembro fundador de la Sociedad Venezolana de Dermatología y Venereología, de la SociedadVenezolana de Alergología y de la Sociedad Venezolana de Salud Pública.
También, es miembro del Comité de Expertos en Lepra de la Organización Mundial de la Salud, de la Asociación Venezolana para el Avance de la Ciencia, y de la Academia de Ciencias de América Latina, de la Academia Nacional de Medicina y de la Asociación Internacional de Lepra, de la Royal Society of Tropical Medicine and Higiene y miembro Correspondiente de la Society for Investigative Dermatology. Además, es miembro del Sistema de Promoción del Investigador (SPI en la categoría de Emérito (1994), y desde 1973 es miembro del Consejo de la Facultad de Medicina de la Universidad Central deVenezuela (U.C.V.). Entre sus numerosas condecoraciones, 45 en total, destacan: Premio José Gregorio Hernández (1955 y 1980). Premio Martín Vegas (1960), Orden 27 de Junio, UCV (1976), OrdenFrancisco de Miranda (1980). Título Doctor Honoris Causa otorgado por las Universidades Santa María (1981), Francisco de Miranda (1982), Nacional Abierta (1982) y la Universidad de Los Andes (1986).
Asimismo, recibió la Medalla Federación Médica Venezolana (1987) y fue postulado en 1988 al Nobel de Medicina. En 1990, fue nombrado Individuo de Número (Sillón No. XXXI ) de la Academia Nacional de Medicina. En ese mismo año, obtuvo el Premio Nacional a la Creatividad y a la Inventiva Primer Salón Nacional de los Inventos y Descubrimientos, Eureka. En 1993, se hizo con la Orden del Libertador. Más tarde, recibió la medalla "Salud para todos en el año 2000", de la Organización Panamericana de la Salud, y el premio Príncipe de Asturias.
Ha presentado trabajos en 143 reuniones científicas y tiene 262 escritos en revistas nacionales y extranjeras.
Huellas que trascienden en el tiempo
Quizá no imaginaba Convit que el cumplimiento de su deber lo colocaría en el camino del matrimonio. Así, en 1937, en su internado en el Puesto de Socorro, en las periferias del centro de Caracas, conoció a Rafaela Marotta D’Onofrio, con quien se casó 10 años después, el 1° de febrero de 1947. De esta unión, nacieron cuatro hijos: Francisco (1948), Oscar (1949), y los gemelos Antonio y Rafael (1952).
Con Rafaela, quien lo acompaña en sus viajes y apoya en sus proyectos, a quien describe como “cariñosa, una madre abnegada y apasionada, un modelo de mujer que ya no hay”, ha tratado de sembrar en sus hijos el amor al trabajo y a la naturaleza. Los frutos son ostensibles. Antonio es psiquiatra y Rafael es cirujano plástico, y viven en Estados Unidos, donde trabajan en el Manhattan Psychiatric Center, y en el Washington Hospital de la Universidad de Washington, respectivamente. Oscar, quien murió en un accidente de tránsito, se graduó de economista administrador en Houston University, al igual que Francisco. Este último, es el único que vive en el país y tiene una finca donde cría caballos. La tristeza se evidencia cuando menciona a sus nietos, cuatro en total, que están fuera del país.
Sin embargo, el legado de Convit no se reduce a su prole, que bien heredó su pasión por lo que han elegido como vocación. Pues, como bien señala Félix Tapia, inmunólogo, el Instituto de Biomedicina de Caracas “es la gran obra del médico y su verdadero legado al país, más allá del descubrimiento de la vacuna”.
Tras una vida prolífica, a los 90 años, este médico sostiene con vehemencia que no está cansado. Su único anhelo es continuar con el trabajo y preservar aquello que han conseguido, en el aspecto humano y material. De tal modo, resalta entre sus mayores logros el equipo de personas con las que cuenta, quienes han mostrado un alto nivel de compromiso con la medicina y con la comunidad. Esto, asegura, le proporciona la tranquilidad necesaria para que el asomo de la muerte no resulte abrumadora. Que, ¿si le teme a la muerte?. Afirma que no, pues esta es una manifestación de la democracia, pues llega a todos por igual. Él se autodefine como un demócrata por naturaleza.
Este punto coincide con la apreciación de Magali Ramírez, una de sus secretarias, quien le conoce desde hace más de 15 años. Ella, no sin algo de timidez, confiesa que de él ha aprendido la disciplina y el amor por el trabajo; y - aunque resulta difícil definir en pocas palabras cuáles son sus mayores virtudes - se atreve a señalar que “el doctor es incansable, es alguien que no se rinde nunca, siempre tiene algún proyecto y no está pensando en las dificultades sino en las ventajas que pueden alcanzarse”.
Aunque su labor haya sido ardua, Convit no ha dejado de lado su afición de hacer actividades al aire libre, aunque éste ya no sea tan puro como antes. Además, de un tiempo a esta parte, el estudio de la filosofía capta su interés, quizá porque la búsqueda de respuestas no ha cesado para quien ve con pláceme la importancia que ha cobrado la defensa de los derechos humanos. “No hay nada como luchar por el bienestar del hombre. El ser humano necesita sentirse respetado, tener autonomía y poder participar de forma activa en todas las actividades que lo rodean. Cuando las personas sienten que tienen voz y voto en su propia vida, están más felices”.1
Quien tiene tales inclinaciones, que sin rayar en la filantropía han marcado su existencia, señala que, cree en Dios, pero desde una óptica personal: este no está en el firmamento, distante del hombre, sino muy a su lado permanentemente.
Convit, el médico humanista y padre de familia, se perfila como un hombre que, sin autodefinirse como un soñador, pudo darle esperanzas a quienes tenían sus vidas sumidas en una pesadilla, producto de dos males voraces: la lepra y los prejuicios.

lunes, 29 de enero de 2007

"La Ciencia es la verdadera transformadora de los pueblos" .- Convit











El Nacional Lunes 29 de Enero de 2007



El hallazgo de la posible acción protectora de partículas volcánicas, hecho por un equipo liderado por el investigador desde los laboratorios del Instituto de Biomedicina de la UCV , se convirtió en la excusa para la realización de un documental, en el que el científico reafirma su convicción de que la sociedad tiene que entender el papel del conocimiento.





En el despacho de Jacinto Convit, en el Instituto de Biomedicina de la Universidad Central de Venezuela, una serie de fotografías destacan por la vivacidad del contraste entre el gris y el naranja. Lo que reproducen son las imágenes de la lava y las cenizas que vomitan los volcanes y, aunque a primera vista no parecen tener relación con el trabajo del científico, en realidad remiten a la curiosa historia de cómo el equipo que lidera el investigador desentrañó el misterio de una rara enfermedad que afectaba a los niños de un pequeño poblado de Costa Rica.
La historia se recrea en el documental Los secretos del vol cán, que se estrenará hoy lunes, a las 5:00 pm, en la sala Tobías Lasser, de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central de Venezuela. El interés de Convit por la divulgación de su trabajo en los laboratorios parte de una convicción íntima. "La gente tiene que conocer lo que hacen las universidades, porque de esta forma las amará más".



El investigador, que este año cumplirá 94 años de edad, es probablemente uno de los pocos científicos cuyo nombre es familiar a los venezolanos. Atribuye esto a su larga trayectoria en las ciencias médicas. "Eso me ha dado oportunidad de tratar a mucha gente. Además, lo que yo he hecho ha llamado la atención de la sociedad".



–Las universidades tienen que hacer un esfuerzo por difundir lo que hacen, y no sólo a través de revistas especializadas –dice-. Las publicaciones le llegan a un público extremadamente escaso, por lo general investigadores, y ni siquiera a todos sino a los de un área.



–¿Es un llamado a la gente que hace ciencia?–La sociedad tiene derecho a saber cómo se invierten los fondos que se dedican a la ciencia.



–Hay gente del sector científico preocupada por el futuro de la investigación en el país. –Creo que podemos dar más, lo que es importante es no politizarnos. Eso no tiene que ver con nuestras ideas, que son democráticas y punto; pero no debemos descuidar la labor para la que estamos destinados.



–¿Lo dice porque usted mismo rehusó ser ministro de salud?–Siempre lo rechacé. Nunca dejé de hacer investigación por hacer política. La ciencia es la que hace las revoluciones, la que puede salvarnos, es la verdadera transformadora de los pueblos, pero la sociedad no tiene ese concepto. Un país que no desarrolla su ciencia nunca evolucionará.



Basta ver los resultados de países y continentes que han hecho énfasis en la investigación, como Estados Unidos, Europa. Hay naciones asiáticas de primera línea porque entendieron eso. La gente tiene que despertar y entender que si no nos dedicamos a la ciencia estamos perdiendo el tiempo.



Historia de un hallazgo



–¿Cuál es la historia que relata el documental?–Hace 18 años, la Oficina Sanitaria Panamericana me pidió que visitase Costa Rica, ya que había una enfermedad en un pueblo que se llama Nazareth, cercano a la frontera. Afectaba, principalmente, a los niños y se caracterizaba por nódulos. La habían descrito como lepra tuberculoide infantil y el número de casos era muy alto, 300; 170 por cada 1.000.La gente estaba preocupada por los prejuicios contra la lepra, que les impedía encontrar trabajo.



–¿Qué encontraron en ese viaje?–Estuvimos tres semanas en esa población. Lo que vimos no podía ser lepra, pues aquella abundancia de casos parecía de otra enfermedad. Las muestras que trajimos a Venezuela mostraron que era una forma de leishmaniasis muy atípica. Por lo general, en la leishmaniasis los nódulos se ulceran, y lo que vimos eran nódulos múltiples que no se ulceraban. El estudio anatomopatológico demostró la existencia de unas partículas brillantes en todos los casos, que complicaban la situación.–¿De dónde provenían esas partículas?–Formamos un grupo de trabajo con gente de la Facultad de Ciencias de la UCV y del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas, y encontramos que tenían una composición semejante a las partículas volcánicas. Se hizo luego un estudio mucho más amplio, y hallamos que era común en personas que habitan las áreas volcánicas de Costa Rica, de Nicaragua, de Guatemala, de Honduras. Entraban a través de los folículos de la piel en personas sanas y en enfermas de leishmaniasis. Las conclusiones se publicaron luego en revistas científicas.



–¿Encontraron relación entre esas partículas y la leishmaniasis?–Las investigaciones habían detectado la presencia de un parásito leishmánico (Leishma nia donovani chagasi), que por lo general produce lesiones viscerales, una enfermedad grave.



Dedujimos que las partículas volcánicas tenían una influencia protectora, porque podían impedir el paso de la infección a las vísceras. Hay miles de casos en Centroamérica y los cuadros graves son muy pocos. Sin la presencia de los volcanes los enfermos graves serían muchos más.



Nota en El Universal, añadida a posteriori







Convit investiga beneficios de partículas volcánicas
El científico sigue siendo motivo de orgullo para Venezuela (Archivo)



El científico venezolano busca cura a enfermedades de la piel



El Instituto de Biomedicina y la Facultad de Ciencias de la Universidad Central de Venezuela iniciarán desde hoy una serie de jornadas para dar a conocer al público la más reciente investigación de Jacinto Convit: cómo actúan las partículas volcánicas para detener el desarrollo de algunas enfermedades graves de la piel.



El trabajo fue desarrollado por un equipo de investigadores de diversas disciplinas bajo la coordinación del dermatólogo y del profesor Jimmy Castillo, a partir de descubrimientos efectuados por Convit en la regiones volcánicas de Costa Rica y Nicaragua.



En las biopsias recopiladas en la piel de los pacientes estudiados, se encontraron partículas de origen volcánico, que fueron analizadas mediante distintas técnicas, encontrándose aluminio y silicio en su composición.



A partir de estos hallazgos, el equipo de investigadores planteó como hipótesis que la presencia de las partículas volcánicas en la piel detiene naturalmente el avance de enfermedades endémicas de la piel como la lepra y la leshmaniasis, evitando que adquieran forma maligna.
Estos hallazgos serán divulgados en un documental denominado Los secretos del volcán, producido por el Departamento Audiovisual del Instituto de Biomedicina con la colaboración de un equipo de National Geographic.



El estreno del documental está previsto para hoy, a las 5:00 p.m., en la Sala Tobías Lasser, de la Facultad de Ciencias de la UCV. Luego, a las 6:00 p.m., será inaugurada una exposición de 75 fotografías en la Sala de Lectura de la Biblioteca Alonso Gamero, ubicada también en la Facultad de Ciencias.